¿Los bebés hablan?

  • 5/16/2008 9:43:46 PM
  • Bebe

Durante los primeros meses de vida, el bebé es especialmente sensible a la voz humana, especialmente a la voz de su madre, y toda su actividad se suspende para prestarle atención. En esta primera fase, el bebé comienza a vocalizar, es decir, a producir voz, en los momentos en que está satisfecho, tranquilo y atendido. Estas vocalizaciones, evidentemente, no tienen nada que ver con el llanto (que también es voz, por cierto).

El llanto no puede controlarse, sino que es, digámoslo así, automático: es un síntoma de que tiene hambre, está incómodo o le duele algo, pero el bebé no puede elegir cuándo llora. En cambio, en los momentos en que está satisfecho, comienza a emitir voz, casi sin darse cuenta. Al principio, el bebé ni siquiera percibe que esa voz es suya: no distingue, por ejemplo, entre la voz de su madre y sus propias vocalizaciones.

Hacia el segundo mes de vida comienza a darse cuenta de que esa voz la hace él, y empieza el juego. Durante algunas semanas, el bebé está fascinado con su propia voz (como después lo estará cuando se descubra las manos, o los pies). Emite una vocal, corta, más corta, más larga..., una y otra vez. Y siempre una vocal: en esta fase apenas hay consonantes.

Es la época en que aprende a reconocer su voz, y a controlar sus órganos de fonación: los pulmones y la laringe. Hacia el tercer mes de vida, el bebé comienza a emitir no sólo estas vocalizaciones, sino toda una larguísima serie de sonidos, vocales y consonantes, algunos de ellos muy difíciles de repetir. Es la fase del balbuceo propiamente dicho, el balbuceo canónico, que ocurre entre los 3 y los 7 meses, aproximadamente.

El balbuceo se produce cuando el bebé abre y cierra la boca al azar, como un juego, produciendo voz. Los sonidos se producen incontroladamente, sin ninguna regla, sin ningún límite. También, sin ninguna función comunicativa definida: el bebé aún no está hablando, ni quiere decir nada. Sí quiere, en cambio, mantener algún tipo de contacto con los demás (lo cual se manifiesta, por ejemplo, en que en esta época aparece la sonrisa social del bebé: cuando se le acerca alguien, el bebé sonríe).

En esta fase, por tanto, podemos comenzar a conversar con el bebé: le decimos algo, y esperamos a que nos conteste. Pronto aprenderá el juego, y parecerá que realmente estamos dialogando con él. No nos decimos nada, es cierto, pero sí que nos comunicamos, estableciendo un diálogo afectivo. Los sonidos de esta fase no son iguales a los sonidos que producimos los padres cuando hablamos: así, cuando queremos imitar, o repetir, lo que ha dicho el bebé, lo que hacemos es otra cosa, totalmente distinta.

Nosotros hablamos con los sonidos de nuestra lengua; el bebé, en cambio, produce, sin querer y sin saberlo, todos los sonidos posibles. Si conocemos otros idiomas, por ejemplo, podremos reconocer en el balbuceo de nuestro bebé las vocales del francés, junto con las del alemán, las nuestras propias y aún otras vocales, y otras consonantes, que no existen en ningún idioma. Esto ocurre porque el bebé está jugando con su voz y con su boca, continuamente (como juega con sus manos, por ejemplo) pero aún no se da cuenta de cómo son los sonidos con los que les hablan los adultos, aún no los percibe.

Esta versatilidad (pronunciar todos los sonidos posibles) es lo que le permitirá aprender a hablar más adelante la lengua de su entorno, sea la que sea. En esta fase, por tanto, no hay ninguna diferencia entre el balbuceo de un bebé alemán, de un bebé japonés, de un bebé argelino o de nuestro bebé: todos ellos están preparándose para aprender cualquier lengua, incluso para aprender varias lenguas a la vez.

Durante esta fase del balbuceo pueden aparecer palabras más o menos reconocibles (mamá, ajo, nene...) que, sin embargo, no son palabras: las reconoce el adulto en su propio idioma, pero el bebé no tiene ni idea de lo que ha dicho. Una característica de este balbuceo es que los sonidos suelen agruparse de dos en dos: consonante-vocal, formando las sílabas más simples. El esquema es: el bebé cierra la boca (impide la salida del aire, es decir, pronuncia una consonante) y luego la abre (permite la salida de la voz, es decir pronuncia una vocal). A partir de los 8-10 meses, el balbuceo del bebé comienza a cambiar de forma: deja de pronunciar muchos de los sonidos que hasta ahora eran muy frecuentes, justo los más extraños, y cada vez los sonidos que pronuncia se parecen más a los nuestros.

Esta fase de balbuceo selectivo podría considerarse ya una primera etapa lingüística, porque por primera vez el bebé parece darse cuenta de cómo son los sonidos con los que nosotros le hablamos, los percibe como categorías, e intenta reproducir tales categorías. Es decir, el bebé comienza a seleccionar los sonidos para comunicarse con nosotros. Ahora ya parece que el bebé entiende claramente algunas palabras y las relaciona con una acción o con una cosa (vamos, agua, no...), e incluso empieza a pronunciar palabras que sus padres desde luego entienden perfectamente.

También en esta fase se producen entonaciones muy claramente reconocibles: pedir, quejarse, alegrarse, rechazar, etc. La comunicación, por tanto, comienza a ser más definida, y las conversaciones con los adultos (que siguen siendo, esencialmente, diálogos afectivos) son más frecuentes, ya no sólo con papá y mamá, sino con los abuelos, con la cuidadora, con los tíos... o residual. Hacia el primer año de vida (a partir de los 12-14 meses) comienza la primera etapa plenamente lingüística en el desarrollo del lenguaje, en la que se pierde el balbuceo paulatinamente, se pronuncian palabras claramente reconocibles, el bebé (que está dejando de serlo) es capaz de comprender y seguir una instrucción concreta y comienza a expresar de manera muy eficaz su voluntad.

Es la época en que el bebé comienza a andar con cierta autonomía. En este periodo aún quedan restos del balbuceo: el bebé parlotea continuamente, emitiendo enunciados irreconocibles, pero con una estructura entonativa adecuada, como si fueran frases de verdad y estuviera diciendo algo.

Cuando quiere pedir algo, desde luego, el bebé pronuncia la palabra con mucha claridad (agua); pero cuando está solo, en su cuna, o cuando está jugando con sus juguetes, o cuando está junto a otros niños, o cuando lo recogemos de la escuela, suelta largas parrafadas incomprensibles, en las que aún no hay un lenguaje estructurado, sino que está practicando, haciendo lo que sabe: balbucear.

Pero se trata ya de un balbuceo residual, que en pocos meses desaparecerá por completo para dar paso a sus primeros enunciados completos. Francisco José Cantero Serena Profesor del Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura Director del Laboratorio de Fonética Aplicada de la Universidad de Barcelona

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