Encadenan una pregunta con otra y sus interrogantes parecen no tener fin. Tu hijo necesita satisfacer su curiosidad para construir su propio mundo.
“¿Por qué la noche es oscura?” “¿Por qué los superhéroes saben volar?” Unas sencillas, otras espinosas y algunas realmente sorprendentes. Las dudas se agolpan en la cabeza de tu pequeño que, desde que ha cumplido 4 años, se ha convertido en una incansable maquina de preguntar. A todo le saca el “por que”, y nadie mejor que tu para darle las respuestas que necesita.
Desarrollando su mundo Su curiosidad nace de su evolución como persona. Es parte esencial de su desarrollo. A partir de los 4 años, se manera de pensar cambia, se hace menos inmediata, y aumenta su capacidad de razonamiento y abstracción. De ahí que para el todo sea motivo de consulta, en un intento de comprender como funciona el mundo que lo rodea. “El niño nace sin un bagaje construido y, poco a poco, lo tiene que ir conformando. Necesita conocer el porque de las cosas para configurar su propio mundo, para darle nombre y significado a todo aquello que observa, oye y descubre, pero no entiende”.
Pero, además, a través de sus constantes “por qué?, los niños aprenden a conversar. Entiende como funciona la comunicación, la secuencia pregunta-respuesta, la necesidad de respetar los turnos… y lo que es mejor, se potencia el dialogo niño-adulto, con lo cual tu también tendrás la oportunidad de conocer sus aéreas de interés y su forma de pensar. En este sentido, “el adulto pasa a ser un referente para él, además de un buen interlocutor”. Y si esto se fomenta día a día, si tu hijo siente que siempre estas dispuesto a contestar a sus preguntas, estarás abonando el terreno para que, mas adelante, en una etapa mas conflictiva como la adolescencia, confié en ti para plantearte sus dudas. “hablar con los hijos de lo que sea fortalece los vínculos afectivos y la confianza entre unos y otros, afianzando los roles familiares”.
Todo tiene un límite “¿Por qué tengo que irme a la cama?”, “¿Y por que tu no te vas a dormir?” , “¿Y por que necesito dormir tantas horas?”. Una pregunta lleva a la otra en una especie de espiral sin fin. ¿Realmente esta saciando su curiosidad o mas bien se trata de una estrategia para alargar, por ejemplo, el momento de acostarse? En ocasiones, los niños utilizan este mecanismo para llamar la atención, provocar la irritación del adulto o alargar conversaciones para evitar obedecer. “Es algo típico cuando el niño esta pasando una época difícil como la separación de sus padres, el nacimiento de algún hermano…”. Si tu hijo pregunta y vuelve a preguntar lo mismo, no caigas en su juego, ni muestres tu irritación. Dile de forma cariñosa que eso ya se lo has explicado, y ya lo sabe, o también puedes trasladarle a el la cuestión- “a ver si te acuerdas de lo que te conté y me dices tu a mi”-. “Así reforzamos su memoria y compresión de lo explicado, y desviamos la pregunta”.
Explicación, la justa A la pregunta “¿Por qué la luna unos días es redonda y otros no?”, tu pequeño no necesita una clase magistral de astrología. Ten en cuenta su nivel de compresión antes de responderle, y no le cuentes mas de lo que puede entender. “Es importante no excederse en la contestación. Hay que ser llano, claro, concreto y utilizar un lenguaje sencillo”.
¡Menuda preguntita! Antes o después llegaran. Y un día te preguntara por que se muere la gente en la guerra… No recurras al “mira, no lo se”. Elabora un argumento ocurrente acorde con su nivel de compresión, pero no le dejes sin respuesta. “dejarle de lado supondría un error y la perdida de una oportunidad de que el niño evolucione”.