Uno de cada cuatro bebés tiene dificultades para el aprendizaje

Es de manual: un bebé, cuando siente hambre, llora para que alguien satisfaga sus ganas de comer. Pero, ¿cómo manifiesta una criatura de meses que su deseo de alimento emocional y/o intelectual no está siendo atendido a la medida de sus necesidades? Los signos pueden ser diversos, pero uno de ellos se lleva las palmas a la hora de transmitir que algo malo está sucediendo: hablamos de ciertas dificultades en el desarrollo normal de la inteligencia, de habilidades que no avanzan según lo esperado para la edad. Y no es algo excepcional: uno de cada cuatro bebés no alcanza el nivel deseable para la etapa cronológica que atraviesa.

Es lo que arrojan los resultados del primer test argentino de inteligencia para bebés, un logro del Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Psicología Matemática y Experimental del Conicet, que Clarín difundió en agosto de 2005. Desde entonces, las investigadoras evaluaron a más de mil bebés y niños de entre 6 y 32 meses de diversos sectores sociales y encontraron que que sólo un 74% alcanza los niveles esperables para su edad, un porcentaje que cae al 64% en los prematuros y a la mitad en bebés con diversas patologías.

No queremos dramatizar ni patologizar la diversidad. Las dificultades son normales en el proceso de desarrollo, pero advertir a los padres estas cuestiones ayuda a que puedan estimular y corregir ciertas pautas y apuntalar al niño para que aproveche su potencial de inteligencia. Los bebés son una esponja y están ávidos de incorporar conocimientos, dice la doctora Alicia Oiberman.

La Escala Argentina de Inteligencia Sensorio Motriz no evalúa el lenguaje ni apunta a averiguar el Coeficiente Intelectual. Su interés está en establecer en qué etapa de su proceso de cognición ubicamos al niño. Evaluamos cuál es la estrategia que utiliza para resolver algunos problemas prácticos que le presentamos ¿explica¿. La gente tiende a pensar que el bebé resuelve cosas por instinto, pero los niños piensan y resuelven apelando a su inteligencia práctica.

Entre los chicos que no alcanzaban el nivel esperado para su edad, bastaron algunas recomendaciones para que avancen rápidamente. Sólo un 9% presentó un desfasaje (retraso) y se los derivó a tratamiento psicológico, de estimulación temprana o a interconsulta con neurología.

Comprobamos que el desarrollo normal de la inteligencia en niños pequeños se puede encauzar rápidamente y que no es necesario llegar a la etapa escolar para descubrir problemas, coincide la licenciada Mariela Mansilla, miembro de este equipo de abultada experiencia en psicología del desarrollo. El 85% de los chicos que seguimos avanzaron en sus niveles de inteligencia a partir de indicaciones sencillas vinculadas a las pautas de crianza y a la calidad de la interacción de los padres con el bebé. A veces, basta con promocionar la autoestima de los padres, otorgándoles seguridad en el rol parental y despejando situaciones conflictivas vividas por ellos, para que los niños salgan adelante con facilidad, aseguran.

¿Síntomas? ¿Algo especial a tener en cuenta?

Es muy técnico y difícil de advertir, pero los padres saben ¿confían las especialistas¿. El 80% de las mamás que trajeron a sus bebés tenían alguna inquietud, algo que observaron o un tema que las preocupaba.

Los padres esperan pacientemente que el niño se pare, que gatee, que camine, que hable... Todas esas conductas forman parte del desarrollo del niño, involucrando el área motora y el área del lenguaje. Nuestro objetivo es que los padres incorporen también el área de la inteligencia práctica del bebé, que es la capacidad que el niño va desarrollando en su interjuego con el medio ambiente ¿dice Oiberman¿. Si éste es rico en estímulos, de a poco el niño resolverá, con sus propios medios y estrategias, las situaciones que se le presentan.

Las expertas coinciden en que algunas de estas dificultades se originan en dos fenómenos que las preocupan: la falta de registro emocional que se observa en muchos padres y cierta tendencia a considerar al niño un adulto en miniatura. La tecnificación y las urgencias nos alejaron del carril emocional, y lo más afectados por ese imperio de la razón y las corridas son los niños. El chico no debería estar al servicio de las necesidades del adulto, dicen.

Subraya Oiberman: Cuando un niño sano no alimenta su inteligencia siente hambre de aprender y eso afecta o retrasa su inteligencia. Por eso sale a recorrer la casa, a mirar objetos, a tocarlos, a querer usarlos. Sale a buscar con qué alimentar su inteligencia, interpela a los padres para que lo miren, para que jueguen con él, para que el enseñen cómo se hace, cómo seguir. Por eso, lejos de castigar su curiosidad, deberíamos asumir el compromiso de nutrirlos intelectual y afectivamente y de sostenerlos en sus errores y frustraciones. A veces, basta con permitir que fluya la ternura

Georgina Elustondo

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