El primer día de Guardería: ¿Dónde está mi mamá?

“Recuerdo que Alba no paraba de llorar y no me dejaba que me fuera”, dice María, madre de una niña que ya tiene 5 años. “Yo creo que desde que se la llevaron a lavar en el parto, era la primera vez que me separaba de ella... y lo peor es que aunque ella llorase, yo por dentro estaba malísima de pensar que iba a pasar unas horas sin saber si estaba bien o no”.

Lo cierto es que, aunque la estadística extraoficial dice algo así como que al 99,9999% de los niños no les pasa nada en su primer día de guardería, a veces es difícil dejar de sufrir por ellos. Y es que para un solo día van a ser muchas novedades, y es normal que tu y/o tu hijo se puedan sentir un poco nerviosos.

Ya los psicólogos cuentan que el cambio que vive el niño, por ejemplo al nacer, le puede suponer un “trauma”, y ahí están los llantos del recién nacido para darles la razón. Pero no porque vaya a ser difícil, dejamos al niño sin nacer: lo único que podemos hacer ante los cambios que nos da la vida, es prepararnos todos para ellos.

Antes de.
Nuestro objetivo es que el niño vea con normalidad el ir a la guardería, y si es posible, que hasta tenga ganas. Un buen truco para ello sería por ejemplo decirle que si se porta bien le dejaremos ir a la guardería... pero para que esto funcione, tenemos que dar antes otros pasos.

Lo primero de todo es que, como ahora va a tener que levantarse en función del horario que tenga la guardería, lo mejor es ir adaptándole por lo menos desde la semana anterior. Tenemos que conseguir que duerma sus horas, para que no le cueste salir de la cama, desayunar tranquilamente, e ir a la guarde sin apuros. Sabemos que lo de levantarse y hacer las cosas sin prisas puede sonar a utopía, pero hay que intentarlo. Aunque sea difícil conseguirlo, más duro será que le guste ir a un sitio para el que le levantan con sueño y prisas.

Para irle preparando tampoco es mala idea que le hagamos un asiduo del parque, para que se acostumbre a pasar cada vez más rato sin preocuparse de otra cosa que no sea jugar.

Otro consejo: ¿que se lo pasa bien en el parque?. Pues aprovecha eso y dile que la guarde es como un parque pero mejor, porque hay más niños y más juguetes. Tenemos que ayudarle a que se forme una imagen positiva de la guarde, y para ello nada mejor que meter todo lo que le gusta en ese saco: ¿que al niño le gusta pintar? Pues hay que decirle que allí se pinta muchísimo. ¿Qué no le gusta para nada? “Pues no te preocupes, que allí se pinta, pero solo de vez en cuando”. Que ya le gusta preguntarnos el por qué de esto y de aquello, pues le decimos que cosas como esas son las que enseñan allí.

Para completar esa buena imagen con la que tu niño tiene que llegar a la guardería, también puedes contarle cosas muy buenas que te hayan pasado allí a ti o a otro niño, y con esto abrimos el apartado de “mentiras piadosas”: “pues tu primo al principio tenía miedo -¡qué tontería! ¿Verdad?- pero al final ya no había quien le sacase de allí... ¿has visto sus amigos? Pues todos se conocen de la guarde...”

Pasarte con él por la guardería antes de empezar, ir con regularidad también es una buena idea, así el primer día sabrá mejor a dónde va.

Despedida y rencuentro
Llegó el momento. Como es una de esas “primera vez” que va a tener tu hijo, seguro que se siente más tranquilo si hacemos el esfuerzo de horarios y, por lo menos este día, le acompañamos.

Y
a estamos, los dos, bien cogidos, ante la puerta, se abre, y ahí empieza la hora de la verdad. Hay que estar a la altura. ¿Quién dijo miedo? ¡Pánico! ¡Pánico es lo que querría decir! Pero no lo olvidemos: somos adultos, eso nos obliga a aguantar estas cosas.

Aunque sea nuestro primer hijo, aunque sea un momento que nos gustaría tener grabado en vídeo, aunque luego vayamos a pasar un rato de angustia, ahora nos toca ser valientes.

Hay que llegar con naturalidad, hablando tranquilamente de lo mucho que va a jugar, explicando que nosotros volvemos en unas horas, que no va a pasar nada,  qué buen día hace hoy... ¡mira! ¿has visto quién está ahí? ¡Si es tu amigo del parque! ¡ Y cuantos niños jugando! ¿has visto qué  juguetes?.

Entonces saludamos al cuidador, le damos dos besos al niño, agarramos nuestro corazón, nuestros nervios, y si hace falta, nuestras lágrimas, y nos marchamos, firmes y seguros. Lo mejor es no prolongar mucho la despedida.

De repente él corre y viene a nosotros (¡qué ternura!), dice que no nos separemos nunca (¡con lo que nos gustaría a nosotros!) y monta un numerito que, medio nos avergüenza, medio nos enternece. Nos gustaría decirle muchas cosas, nos gustaría abrazarle y decirle que nunca nos separaremos, pero...

Ya sabes cual es nuestro lema, (“somos adultos, podemos con ello”). Así que lo mejor es tranquilizarle, decirle eso de que “volveré”, le cuentas que va a ser un ratito nada más, nos acercamos con él a la cuidadora, y, ahora sí, nos volvemos a ir a encontrarnos con nuestro destino: esperar pacientemente y con la mejor de nuestras caras a que pase “ese ratito”. ¡Ya verás como al final y después de todo, también te pondrá pegas para irse!

Si es que, a fin de cuentas los niños son unos incoherentes, problemáticos, y llorones... pero son nuestros, así que lo mejor es perdonárselo todo.

“¿Te lo pasaste bien en la guarde? ¡Oh, qué dibujo más bonito! Lo colgaremos de la nevera. ¿Y esa canción te la han enseñado allí? Pues tenemos que cantársela a la abuela, que ya verás como le gusta...”

Autor: Juan Aguilar.

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