En Defensa Propia

A los padres les preocupa que su chiquillo no sepa defenderse. La mayoría de las veces no saben cómo actuar: si le pegan, ¿le digo que devuelva el golpe y punto?, ¿cómo reaccionar cuando me doy cuenta que se han metido con él por algún motivo? y, sobretodo, ¿qué herramientas puedo darle a mi hijo para asegurarme de que no lo están avasallando y que no va a ser el blanco de todos los «abusos»?.

NUNCA SE COME SU LUNCH. Desde que empezó el curso se ha puesto de moda entre las niñas «reunirse» a la hora del recreo para comer el lunch todas juntas entre juegos y risas. Hasta ahí todo es normal si no fuera porque, con el lío de sandwiches, jícamas, zanahorias, quesitos, peras y galletas... a Adriana siempre le toca la peor parte y sale del recreo con el estómago vacío. En realidad, nadie la está obligando a nada (ella comparte encantada), pero se trata de una situación que en el fondo a sus padres les parece injusta.

A veces, el exceso de generosidad, la necesidad de agradar al grupo o simplemente un lunch que no le entusiasma (o al revés, demasiado apetecible para los demás) es motivo suficiente para que día tras día la chiquilla llegue a casa con el estomago vacío.

Puede ser interesante sugerirle a Adriana que, a veces, cuando uno da, también tiene derecho a recibir algo a cambio: sí le ofrece la mitad de su sandwich a su amiga Montserrat, esta debería ofrecerle a cambio la mitad de su plátano. Y si no hay acuerdo, no hay lunch compartido. Así, lo que ahora es una relación desigual puede convertirse en una negociación entre amigas basada en el intercambio. Y, de paso, la pequeña Adriana, aprenderá que en la vida no todo es dar ni esperar; a veces hay que reivindicarse un poco a uno mismo para recibir.

UN COMPAÑERO PEGALÓN. Gerardo a veces se comporta como si fuera más pequeño y todavía pega como cuando tenía tres años. Juan, su compañero de clase, lo sufre a diario, recibe puñetazos cada dos por tres y llega a casa todos los días renegando de él. Sus padres, aunque intentan no darle importancia y decirle que hay que jugar con todos, también están empezando a cansarse del «bueno» de Gerardo y les gustaría darle a su hijo algún buen consejo para que, por lo menos, no le afecte la conducta de su compañerito.

No puedes sugerirle que se defienda con violencia, pero sí puedes recomendarle que amplíe su círculo de amistades o que se rodee de otros niños cuando esté el más pegalón cerca: permanecer en grupo le ayudará a minimizar el impacto de una posible agresión y si un niño recibe un empujón o un golpe, puede buscar (y recibir) el apoyo de los demás.

En estos casos también conviene hacer un seguimiento de la situación desde una distancia prudencial y, si consideras que existe un problema que va más allá de lo normal, no está de más hablar con los responsables de la escuela para que te indiquen la forma adecuada de actuar. Ellos están en contacto permanente con los niños y verán hasta qué punto hay que intervenir y cómo.

SE BURLAN DE ÉL. En la última revisión pediátrica a Jaime le detectaron unas dioptrías que han requerido el uso de lentes. Sus padres escogieron las más bonitas. El primer día Jaime estaba emocionado con la novedad (en la escuela causó sensación), hasta que llegó al parque y algunos de los niños más grandes le hicieron burla. En ese momento sus padres no supieron qué decirle, pero ahora les gustaría saber cómo actuar por si hubiera una próxima vez.

A esta edad ya puedes contarles que en la vida hay gente que nos quiere y admira (como la prima Luisa, papá y mamá, el hermanito de quince meses o esa vecina de doce años tan guapa) y gente a la que no le importarnos tanto porque no nos conoce lo suficiente (o, sencillamente, no le interesamos). Esas personas pueden reírse de tus lentes o hacer chiste de nuestros zapatos... pero si a ellos les da igual cómo nos sentimos, ¿por qué habrían de importarnos a nosotros sus comentarios? Ante las burlas hirientes de los demás, la mejor actitud es «pasar» y centrarse en aquellos que sí saben lo mucho que valemos.

LE ROMPEN LOS JUGUETES. Un día fue el estuche nuevo, otro el álbum de estampas y al otro el cuaderno de tareas. No hay manera de que Martha llegue a casa con sus pertenencias intactas. La cuestión está en que no se trata sólo de un compañero que quiere romper todas sus cosas. Es que, según cuenta Martha, sus juguetes pasan de mano en mano y cuando no es una amiga es un grupito entero el que se encarga de rompérselos entre risas. ¿Cómo conseguir que la respeten?

A la pequeña hay que explicarle que si desea conservar sus juguetes más preciados, es mejor que de momento los guarde para sí (o para las amiguitas más íntimas cuando vayan a jugar a casa). Lo cierto es que no todo el mundo valora las cosas igual que nosotros: lo que para Martha está cargado de significados (el estuche que le regaló la abuelita, ese cuaderno con tantos secretos...), para el resto de los niños no son más que juguetes y, como tales, buscarán divertirse con ellos.

Eso no convierte a los compañeros en malos (seguramente sólo están jugando sin mala intención o no son conscientes de que pueden herir los sentimientos del dueño del juguete) sino en niños comunes. Y es posible que en un par de años Martha pueda, por fin, asistir a clases acompañada de sus «tesoros» sin temor a que se los rompan.

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