La era de los padres súper poderosos

Lo había pensado antes de embarazarme cuando reflexionaba sobre el tipo de madre que quería ser.000 Mi meta era que mis hijos fueran niños seguros, y sabía que eso se basa en la formación en la temprana edad, cuenta Paula, quien tiene hoy dos niñitas, Amelia y Blanca, de 4 años y 15 meses, respectivamente.

Cuando nació la mayor, no perdió de vista ese objetivo y entonces las exigencias sólo se fueron sumando. Durante el embarazo no tomé nada de alcohol ni medicamentos y me cuidé mucho de no pasar malos ratos para no afectar a la bebé, y cuando nació Amelia fui muy intransigente conmigo: apliqué lo de no mentirle, siempre cumplirle, pero también, por ejemplo, dejé de hacer gimnasia porque me daba miedo que le pasara algo mientras yo no estaba. Fueron muchas exigencias que me fui autoimponiendo y que no sé bien de dónde vienen, porque mis papás eran muy relajados.

Paula Estévez –35 años, casada, ingeniero ambiental– es una buena representante de una tendencia que está generando debate en el mundo de la psicología: en Francia, los expertos hablan de la pedagogización del vínculo madre–hijo y en Estados Unidos ya se han publicado numerosos libros sobre el overparenting, también llamado death-grip parenting o hothouse parenting, entre otros. La idea es la misma, sea cual sea el nombre que se le asigne al fenómeno: hoy, más que nunca, los padres de familia, y sobre todo las mamás, enfrentan la crianza con un altísimo grado de exigencia y ansiedad. Viven con el afán permanente de hacerlo todo lo mejor posible, de tener hijos sin fallas, exitosos, felices, saludables y que vivan sin frustraciones. Para lograrlo se basan en consejos de psicólogos y pediatras, en libros de autoayuda y en todo el material pedagógico y de estimulación que encuentran a disposición –desde los DVD Baby Einstein y los masajes infantiles en los primeros meses de vida, hasta los juguetes inteligentes, las clases particulares o de apoyo escolar cuando crecen. Paradójicamente, esa búsqueda de perfección en la educación de los hijos, generalmente, no lleva al resultado esperado. Muchas veces se acompaña de una creciente dificultad para ponerles límites a los hijos y un alto grado de angustia tanto en los progenitores como en los pequeños.

Estamos frente a un cambio de era en la que el impacto de las tecnologías, la psicología y la sociedad de consumo ha calado fuerte en la forma en que se dan hoy las relaciones familiares. Eso ha implicado una adaptación de parte de los padres, y así estaríamos ante la generación de papás más dedicados a los hijos, pero más perdidos y confundidos también.

Es la primera generación de padres que tiene conciencia del impacto de sus actos en los niños, lo cual si bien es un aporte también tiene el inconveniente de producir una inseguridad básica en el ejercicio del rol paterno, explica Anneliese Dörr, psicóloga clínica y profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile.

El efecto de la sobreinformación. Según los especialistas, esta tendencia estaría muy vinculada con la mayor incorporación de la mujer al mundo del trabajo, con la llegada de la llamada professional mom o super mom que tiene que asumir la doble carga profesional y de su hogar, y enfrentar una sobre-exigencia que la lleva a sentir que tiene que ser perfecta en todo. Como no puede estar en todos los ámbitos a la vez, busca compensar su ausencia durante el día, concentrando las actividades pedagógicas y los mandatos educativos en el poco tiempo que le queda después de la jornada laboral. Y por otro lado, la culpa le impide normar adecuadamente a sus hijos. Por un lado, se encuentra esta sociedad individualista y de consumo, donde tienes que trabajar, cumplir como madre y esposa, y realizarte profesionalmente. Y por otro lado está la tarea de ser padres, sin tener un modelo claro de cómo serlo. Las mamás que trabajan muchas veces buscan suplir la ausencia llenando a los niños de actividades extraprogramáticas. Si éstas motivan al niño en las áreas que más le gustan, sobre todo en la edad en que el cerebro es una esponja, es muy positivo. Pero hay que ser razonable respecto a cuántas actividades realizan los niños, dice Anneliese Dörr.000 Lorena Lüders, una de las tres psicólogas que creó La Ronda, un grupo de apoyo que busca ayudar a las madres a vivir más plenamente la maternidad, olvidándose de las idealizaciones y mandatos sociales existentes, comenta: Hoy la maternidad está más retrasada, uno tiene menos niños de los que tenían las personas antes y todos los ojos están puestos en cada hijo. Y además, de alguna manera se está más distante de los propios padres. Antes, quizás, las mamás confiaban más en sus propias madres, pero ahora ellas no son necesariamente un referente, entonces se usan parámetros más externos: por ejemplo, que escuchó que a los dos años hay que sacarles los pañales a los niños, que el pediatra dice que no tienen que usar chupón, etc... Y de alguna forma se pierde la conexión con lo que uno siente que es bueno para ese niño. Por eso, en estos grupos nos interesa que la mamá empiece a validar más sus propios recursos.

Mariela Juejati, una de las psicólogas socias en esos talleres de apoyo a la crianza, agrega: La sobreinformación y el tema de que el conocimiento está puesto ahora en que el médico es el que sabe, han provocado que la gente se vaya despojando de su propio saber. La maternidad y cómo formar a la familia se desnaturalizaron.

El doctor Enrique Jadresic, experto en psiquiatría de la mujer, coincide en que lo racional le está ganando a lo innato e invita a las madres a confiar más en su instinto. Las madres ahora saben más de la maternidad y sus potenciales problemas que antes. El reparo que se puede hacer es que muchas veces es más un conocimiento teórico que práctico. Hay que darle cabida a la espontaneidad. Cada mujer debe escuchar lo que su propio cuerpo de embarazada le dice. La naturaleza es más sabia de lo que creemos; hay una cosa biológica y psicológica muy fuerte a las que se les debe hacer caso. Los libros, las charlas, son un buen complemento, pero no un fin en sí mismo.

Rescatar el sentido común. El problema, aseguran los especialistas, es que seguir tantas normas externas llena de inseguridad y, además, limita la capacidad de gozar de la maternidad.

Eso es lo que le ocurrió a Paula en los primeros años de vida de Amelia. Con ella no disfruté mucho hasta que tuvo tres años. Estaba angustiada, confundida, agotada. Este rol de mamá superpoderosa agota. El tema de la lactancia se me hizo muy pesado. Le di siete meses y también fue una autoexigencia porque te dicen que la leche materna es mejor, y que pueden pasar puras cosas horrorosas si no lo haces. Después estaba lo de la televisión, que hace mal. Yo no quería que Amelia viera televisión, pero eso implicaba estar jugando mucho más rato con ella, cuenta Paula.

También hubo momentos en que dudó de sus propias opciones: No transar conmigo misma a veces era como una trampa. Con mi marido, siempre tratamos que Amelia escogiera por ella misma y asumiera sus responsabilidades, pero con eso de preguntarle y explicarle todo me metí a veces en situaciones de las que no sabía cómo salir. Por ejemplo, yo siempre le preguntaba ¿quieres peinarte? y la primera vez que me dijo que no, me desesperé. Teníamos que irnos al colegio y pensé ¿qué hago ahora? Yo misma me metí en esto, entonces ahora no puedo agarrarla de un brazo y decirle `¡te peinas!’, porque tengo que ser consecuente. Entonces empecé a decirle: tú escoges, o te peinas o no vas al parque. Costó un tiempo llegar a eso y hubo un período en que sentí que mis principios se habían dado vuelta contra mí.

Paula también se ha preguntado en varias oportunidades si con su objetivo de no mentir no le ha entregado a Amelia más información que la que puede asimilar a su edad. De repente la veo como una persona grande y es pequeña. No sé si es porque nosotros hicimos eso o si es por su personalidad.000 Una vez, una amiga me dijo: `¿no sientes que Amelia disfruta poco?’ La encontraba muy rígida. Y justo un día en que estuvo enferma del estómago, le expliqué que para estar mejor sólo tenía que comer galletas de agua. En la tarde, cuando la fui a buscar al colegio, las tías me contaron que habían celebrado un cumpleaños y que no había querido comer torta. Y yo me quedé pensando ¿estará bien? ¿No la habré presionado? Con Blanca ha sido muy distinto. La base es la misma en los principios, pero estoy mucho más relajada. Uno siempre se golpea con el mayor, pero con el menor, las cosas salen más fáciles.

Soltar un poco las riendas es justamente lo que los especialistas invitan a hacer. A veces, la obsesión de algunas madres juega en su contra y, por su afán de ser perfectas, terminan siendo regulares. En cambio, hay otras que no aspiran a tanta perfección y lo hacen mejor porque enfrentan la maternidad más relajadas, explica el doctor Jadresic.

Milena Artero, la tercera psicóloga creadora del grupo La Ronda, cita la frase que el experto argentino Juan Miguel Hoffmann usó para titular su libro sobre crianza. Se llama Los árboles no crecen tirando de las hojas, y ése es un poquito el riesgo de esta tendencia a hipereducar. Los niños necesitan padres que estén bien, y eso significa que no vivan todo el tiempo exigido y agobiado, porque esas exigencias se traspasan a los niños. Ellos intuyen una situación forzada. Hay que entender que no hay recetas únicas y que no se trata de ser perfecto. Cada mamá sabe mejor que nadie cómo ser mamá en el vínculo con su propio hijo. Por eso tienen que volver a descubrir sus propias capacidades y valorarlas.

Tomado de el-nacional.com

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